Hay cineastas que filman el mundo para entenderlo, y hay quienes, como Marie Losier, lo filman para salvarlo de la solemnidad. Conceder el Premio Especial Curtocircuíto Atlas a su trayectoria no es solo un acto de justicia poética; es una celebración del cine entendido como un espacio de juego, disidencia y amor absoluto. A lo largo de las últimas décadas, Losier ha construido una de las filmografías más deslumbrantes, libres y conmovedoras de la vanguardia contemporánea, convirtiendo el celuloide en un tejido vivo donde la realidad se suspende para dar paso a la fantasía.
Heredera directa del espíritu del American Underground y de la ternura más pop, el cine de Losier esquiva con astucia las trampas del documental tradicional. Frente a la distancia clínica de la cámara-observadora, ella propone una cámara-cómplice. Sus retratos de figuras icónicas de la contracultura —desde la mutación amorosa de Genesis P-Orridge hasta el pulso eléctrico de Alan Vega o la hipnosis sonora de Tony Conrad— no buscan desentrañar el misterio del artista, sino habitarlo. Losier no filma biografías; filma el sueño que sus amigos tienen de sí mismos, transformando la pantalla en un escenario de cartón piedra, disfraces brillantes y coreografías absurdas donde el juego es la única verdad posible.
Esa complicidad radical se sostiene sobre una materialidad inconfundible: el grano táctil de sus cámaras Bolex de 16mm. En la era de la saturación digital, Losier resiste desde el celuloiide, arrastrando los pies en el cine analógico no por nostalgia, sino por sensualidad. El parpadeo de la luz, el corte abrupto y el ritmo musical de su montaje convierten a sus películas en una extensión del propio cuerpo. Su cine es un archivo afectivo y ruidoso de la cultura queer y de las familias elegidas, un refugio donde la vulnerabilidad se viste de purpurina para resistir a la norma.
El Premio Atlas reconoce a los creadores que cartografian nuevos territorios visuales. Marie Losier ha dibujado un mapa donde las fronteras entre la vida y la performance se disuelven por completo. Su obra nos recuerda que el cine, antes de convertirse en una industria, fue un juguete maravilloso capaz de capturar la belleza más libre. Por su capacidad para transformar el archivo en una fiesta, el error en poesía y el retrato en un acto de amor revolucionario, celebramos hoy la incontinencia creativa de Marie Losier.
